Cada semana regresamos a La Guaira para ayudar a quienes todavía sufren las consecuencias del terremoto, atender algunas de sus necesidades y, sobre todas las cosas, anunciarles el evangelio.
Una de las cosas que trato de incentivar en el equipo que nos acompaña es que tomemos tiempo para escuchar a las personas. No queremos acercarnos solamente para entregar algo y marcharnos. Queremos sentarnos, conocer sus historias, llorar con quienes lloran y escuchar lo que está sucediendo en sus corazones.
Cada vez que lo hacemos, descubrimos temores, preguntas, heridas y luchas muy profundas. Pero también encontramos muchas cosas sobre las cuales nosotros mismos necesitamos aprender y reflexionar, especialmente cuando contemplamos esas experiencias a través del lente de las Sagradas Escrituras.
Hace poco conversábamos con un señor mayor. Mientras le suministrábamos algunos alimentos, también tuvimos la oportunidad de hablarle acerca del evangelio. En medio de la conversación, nos contó que había sido una de las víctimas de la tragedia ocurrida en el estado La Guaira en 1999.
Su casa se inundó y perdió muchas cosas de valor. Después de aquello, algunos de sus hijos, que vivían en el exterior, comenzaron a enviarle dinero para que pudiera recuperar su hogar. Durante años utilizó parte de esos recursos para construir un gran muro alrededor de la casa. Su propósito era muy claro: si alguna vez volvía a ocurrir una inundación semejante, el agua no entraría nuevamente y él no sufriría las mismas pérdidas.
Finalmente, el muro quedó terminado. Todo parecía estar listo. Después de tantos años, sentía que su casa estaba protegida.
Pero entonces nos dijo:
—"Ahora llegó este terremoto y tumbó cada una de las paredes que levanté durante años para protegerme de otra inundación".
El doble terremoto del 24 de junio terminó destruyendo aquello en lo que había depositado su seguridad. Mientras hablaba, se llevaba las manos a la cabeza y repetía:
—"Definitivamente no somos nada. La vida es breve y todo puede destruirse en cualquier momento".
Sus palabras permanecieron en mi mente.
Los seres humanos tenemos la tendencia a creer que podemos controlar cada situación. Pensamos que, si somos suficientemente cuidadosos, inteligentes o creativos, lograremos evitar que las cosas difíciles lleguen a nuestra vida. Levantamos muros alrededor de aquello que amamos, tratando de impedir que el dolor vuelva a entrar.
Sin embargo, la idea de que podemos controlar el futuro no es más que una ilusión.
Una vez leí que el control es un falso dios que exige cada vez más adoración, pero ofrece cada vez menos paz. Y es verdad. Mientras más intentamos controlar cada detalle de nuestra vida, más aumenta la ansiedad. Mientras más apretamos el control entre nuestras manos, más desesperados nos sentimos ante la posibilidad de perderlo.
Nuestro Señor Jesucristo preguntó:
"¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?" — Mateo 6:27
Jesús no está enseñándonos que debemos vivir de manera irresponsable. Esto no es un llamado a la imprudencia. Tenemos que evitar confundir estas cosas.
Lo opuesto a un corazón controlador no es una vida descuidada. Lo opuesto al control no es la imprudencia, sino la confianza.
Es confiar en un Dios soberano que gobierna todas las cosas. Es descansar sabiendo que nuestro futuro está en las manos de Aquel que nunca pierde, nunca falla y a quien absolutamente nada le sale mal.
Lo opuesto a un corazón ansioso por tener el control son unas manos abiertas que se extienden hacia Dios, reconociéndolo como el único soberano sobre el universo y sobre cada acontecimiento de nuestra vida.
Esto tampoco significa que comprendamos inmediatamente todo lo que Dios hace. Hay situaciones que nos dejan confundidos, heridas que no podemos explicar y pérdidas que nos acompañarán durante mucho tiempo. Pero detrás de cada circunstancia, incluso de aquellas que nos resultan más dolorosas, se encuentran los propósitos santos, sabios y buenos de Dios.
Al igual que este señor, quien con tanta sinceridad nos relató su experiencia, nosotros enfrentamos la misma lucha. Vivimos una situación difícil y enseguida comenzamos a levantar muros para impedir que vuelva a suceder. Pensamos que, si construimos suficientes defensas, nunca volveremos a sufrir de la misma manera.
Pero muchas veces la siguiente prueba es completamente diferente y termina derribando todos los muros en los cuales habíamos confiado.
Dios permite que nuestras falsas seguridades sean removidas para que recordemos que somos simples criaturas. Somos personas limitadas, frágiles y dependientes. Sin embargo, nuestro corazón corre constantemente hacia la autosuficiencia. Queremos gobernar nuestra vida, controlar el futuro y asegurarnos de que nada escape de nuestras manos.
Pero Dios quiere formar en nosotros un alma dependiente.
Un alma dependiente de su soberanía.
Un alma dependiente de su amor.
Un alma dependiente de su poder.
Un alma dependiente de sus promesas.
Un alma dependiente de su presencia.
Quizás no podamos controlar lo que sucederá mañana. No podemos impedir todas las pérdidas, anticipar cada prueba ni construir un muro suficientemente alto para detener cada tormenta. Pero sí podemos descansar en Aquel que gobierna el mañana.
Cuando el control finalmente se revela como la ilusión que siempre fue, todavía permanece una verdad firme: Dios continúa sentado en su trono.
Por eso, esto no es un llamado a la imprudencia.
Es un llamado a la dependencia.