Esperanza y refugio en medio del quebranto

Estamos presentes para amar, participamos para servir y proclamamos para dar a conocer a Jesucristo.

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¿Quiénes somos?

Cristos es Refugio es un ministerio de la Iglesia Bautista Reformada Trono de Gracia, nacido en medio del dolor provocado por el doble terremoto del 24 de junio de 2026 en Venezuela, que afectó principalmente al estado La Guaira.

Aunque nuestro servicio comenzó en esta región —donde todavía permanece mucho trabajo por hacer—, nuestra misión no termina en La Guaira ni se limita a la atención temporal de una emergencia. Deseamos permanecer en el tiempo y servir allí donde Dios abra una puerta y donde el sufrimiento, las enfermedades, los desastres, la pobreza u otras formas de aflicción hayan herido la vida de las personas y sus comunidades.

Somos una expresión de la iglesia local que, permaneciendo en Cristo y dependiendo del poder del Espíritu Santo, sale al encuentro de quienes sufren mediante tres acciones inseparables: presencia, necesidades y proclamación.

Nos hacemos presentes para mirar, escuchar, acompañar y llorar con quienes lloran. Participamos atendiendo responsablemente las necesidades concretas del cuerpo y la vida cotidiana. Y proclamamos fielmente las buenas nuevas de Jesucristo, llamando a las personas al arrepentimiento y a confiar en Él como Señor y Salvador.

No consideramos la ayuda material como un sustituto del evangelio, ni utilizamos el evangelio como excusa para ignorar el sufrimiento humano. Servimos a la persona completa porque cada ser humano ha sido creado a imagen de Dios y necesita tanto compasión verdadera como reconciliación con su Creador.

Nuestro deseo es que quienes crean en Cristo sean conectados con una iglesia local, crezcan como discípulos, aprendan a vivir toda su vida bajo el señorío de Jesús y lo den a conocer haciendo discípulos de otros, para la gloria de Dios.

Conoce nuestras vertientes

Nuestras Tres Vertientes

Áreas estratégicas que guían nuestro accionar como ministerio.

Hace un tiempo, mientras fortalecíamos nuestra comprensión del evangelismo, aprendimos de un siervo de Dios tres palabras que resumen de manera sencilla la identidad de Cristo es Refugio: presencia, participación y proclamación.

No son tres acciones aisladas. Estamos presentes para amar, participamos para servir y proclamamos para dar a conocer a Jesucristo.

Presencia

Presencia que nace en Dios para acompañar en el dolor.

Antes de ir al lugar del dolor, acudimos a la presencia de Dios. Es en la intimidad con Él donde somos alimentados y fortalecidos por su cercanía; solo cuando nos llenamos de su amor y compasión podemos ser una presencia viva para quien lo necesita.

Nutridos por ese encuentro, vamos al lugar del dolor para mirar, escuchar, acompañar y permanecer. Así como Cristo vino y habitó entre nosotros, creemos que la Iglesia ha sido enviada a estar cerca de quienes sufren. No llegamos para llamar la atención sobre nosotros mismos, sino para prestar atención a quienes muchas veces han sido olvidados. Nos sentamos con las familias, lloramos con quienes lloran, escuchamos sus historias y caminamos con ellos en medio de la aflicción.

La presencia cristiana comunica: “Dios te ve, tu dolor importa y no tienes que atravesarlo solo”.

Participación

Nos involucramos activamente en las necesidades concretas de las personas y comunidades.

No queremos contemplar el sufrimiento desde la distancia. Participamos distribuyendo alimentos, agua, medicinas, kits de higiene, Biblias y otros recursos esenciales. También adquirimos y administramos herramientas para familias y rescatistas, apoyamos las labores de recuperación y procuramos responder responsablemente a las necesidades que Dios pone delante de nosotros.

Reconocemos que a Dios le importa la persona completa. Por eso cuidamos el cuerpo, protegemos la dignidad de quienes llevan su imagen y servimos como instrumentos de gracia, compasión y restauración en medio de un mundo quebrantado.

Proclamación

Anunciamos con claridad que el verdadero refugio se encuentra únicamente en Jesucristo.

La presencia y la ayuda material son indispensables, pero no sustituyen el mensaje del evangelio. Oramos con las personas, abrimos las Escrituras y les hablamos de la santidad de Dios, de la realidad del pecado, de la muerte y resurrección de Cristo y de la salvación que Él ofrece.

Llamamos a cada persona al arrepentimiento y a confiar en Jesucristo como Señor y Salvador, procurando que quienes crean se conviertan en discípulos de Cristo y lo den a conocer a otros para la gloria de Dios. Proclamamos con amor, paciencia y claridad, recordando que nosotros sembramos y regamos, pero solamente Dios puede transformar el corazón.

Labor en Terreno

Imágenes que reflejan el amor de Cristo en acción tras los terremotos.

Misión

Dar a conocer a Cristo llevando la presencia compasiva de su Iglesia a todo lugar donde el sufrimiento haya herido la vida de las personas y sus comunidades.

Permaneciendo en Cristo y dependiendo del poder del Espíritu Santo, cumplimos esta misión mediante la presencia, la participación y la proclamación.

Nos hacemos presentes para acompañar a quienes sufren; participamos atendiendo sus necesidades físicas, emocionales, relacionales y espirituales; y proclamamos fielmente el evangelio, llamando a cada persona al arrepentimiento y a confiar en Jesucristo como Señor y Salvador.

Procuramos que quienes crean sean fortalecidos por medio de la iglesia local, crezcan como discípulos, apliquen la verdad de Dios a cada área de su vida y hagan discípulos de otros para la gloria de Dios.

Visión

Ver iglesias locales fortalecidas y movilizadas que, permaneciendo en Cristo y dependiendo del poder del Espíritu Santo, se hagan presentes en medio del sufrimiento, participen compasivamente en la atención de las necesidades humanas y proclamen fielmente el evangelio.

Anhelamos que, por medio de este servicio integral, muchas personas sean cuidadas con la dignidad que corresponde a quienes llevan la imagen de Dios, escuchen las buenas nuevas de salvación, se arrepientan de sus pecados y confíen en Jesucristo como Señor y Salvador.

Deseamos verlas integradas en iglesias locales, creciendo como discípulos que viven bajo el señorío de Cristo, sirven a sus familias y comunidades, practican la misericordia y dan a conocer a Jesús haciendo discípulos de otros, para la gloria de Dios.

La visión no se limita, por tanto, a entregar recursos o responder a emergencias. Aspira a que el evangelio forme discípulos cuya fe alcance toda su vida y cuya obediencia contribuya al bien de sus comunidades. Esta idea responde a la enseñanza de Miller de que las creencias moldean los valores, los comportamientos y, con el tiempo, la cultura de familias y comunidades.

Reflexiones Post Terremoto

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