En uno de nuestros viajes recientes a La Guaira, nos bajamos de la camioneta con varias cajas de Biblias. Apenas las personas las vieron, comenzaron a correr hacia nosotros, levantando sus manos y diciendo:
—¡Regáleme una Biblia!
—¡Yo quiero una Biblia!
Fue un momento impresionante.
Como cada semana, habíamos llegado en medio de una mañana calurosa para llevar más de cuatrocientos desayunos, herramientas para los rescatistas y la Palabra de Dios para aquellos a quienes predicaríamos el evangelio.
Pero, antes de que pudiéramos acercarnos, fueron ellos quienes corrieron hacia nosotros.
No querían agua.
No pidieron desayuno.
No estaban buscando ropa, como había sucedido en otras ocasiones.
En aquel momento, solo querían una Biblia.
Quienes la recibían la sostenían entre sus manos con una sonrisa. En catorce años de ministerio pastoral, nunca había contemplado una escena semejante: personas que habían perdido sus casas, familiares y pertenencias, y que ni siquiera sabían si la comida llegaría a tiempo ese día, corriendo para recibir la Palabra de Dios.
Después, varios hermanos de nuestro equipo pudieron sentarse con ellas para abrir las Escrituras, explicarles su mensaje y anunciarles el evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
Pasamos varias horas en aquel lugar. Cuando llegó el momento de marcharnos, todavía podíamos ver a algunas personas sentadas, leyendo aquellas Biblias que nos habían pedido con tanta urgencia.
Mientras observaba aquella escena, pensé: no todo está perdido.
El dolor puede endurecer el corazón, pero Dios también puede utilizarlo para derribar nuestros ídolos, remover falsas seguridades y recordarnos que nuestra esperanza no puede descansar en las cosas materiales.
Las casas pueden caer. Las posesiones pueden desaparecer. Los planes construidos durante años pueden quedar sepultados en unos segundos. Pero nuestra esperanza no descansa en una casa, en una cuenta bancaria o en la estabilidad de nuestras circunstancias.
Nuestra esperanza se encuentra en una persona: Jesucristo.
Vivimos rodeados de promesas que no siempre se cumplen. Los hombres prometen y fallan. Las instituciones ofrecen respuestas que muchas veces no pueden sostener. Nosotros mismos hacemos planes que nunca llegan a realizarse.
Pero al abrir las Escrituras encontramos las promesas de un Dios que no miente, no cambia y nunca deja de cumplir su Palabra.
Aquellas personas necesitaban alimento físico, y nosotros habíamos llegado para compartirlo. Sin embargo, también necesitaban el alimento que sostiene el alma: la Palabra que nos revela quién es Dios, descubre nuestra verdadera condición y nos presenta el camino de salvación en Jesucristo.
Como dijo nuestro Señor:
"No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" — Mateo 4:4
En estos días hemos escuchado repetidamente:
—Háblenme de Jesús.
—Vengan y oren por nosotros.
Cuando nos acercamos a las carpas donde permanecen las familias, las personas comienzan a reunirse. Buscan una silla, una caja o cualquier lugar donde podamos sentarnos, porque desean escuchar las Escrituras.
No confundimos ese interés con la conversión. Recibir una Biblia no significa necesariamente haber nacido de nuevo. Escuchar atentamente tampoco significa que una persona ya se haya reconciliado con Dios.
El dolor, por sí mismo, no salva a nadie.
Solo el Espíritu Santo puede abrir el corazón, dar vida al pecador y llevarlo al arrepentimiento y a la fe en Cristo.
Sin embargo, una Biblia abierta no es algo pequeño. Una persona pidiendo que le hablen de Jesús tampoco es una oportunidad que la iglesia deba menospreciar. Es una puerta que Dios, en su providencia, ha colocado delante de nosotros para proclamar el mensaje de la reconciliación.
El apóstol Pablo escribió:
"Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación" — 2 Corintios 5:19
Ese es el mensaje que hemos recibido y que estamos llamados a anunciar.
Ahora oramos para que quienes corrieron buscando una Biblia no solamente lean sus páginas, sino que por medio de ellas conozcan al Cristo que puede salvarlos.
Oramos para que el Espíritu Santo obre en cada corazón.
Oramos para que Dios siga utilizando esta temporada de dolor para quebrantar la autosuficiencia, despertar la conciencia y atraer a muchos hacia su Hijo.
Oramos para que quienes han perdido tantas cosas descubran el tesoro que ningún terremoto puede destruir.
Entre los escombros todavía hay Biblias abiertas, personas escuchando y una iglesia anunciando que en Jesucristo hay perdón, reconciliación y vida eterna.
No todo está perdido.